Vamos a escuchar un cuento y al final cada uno podremos comentar qué es lo que más le ha gustado o le parece más importante de lo que se ha contado.
“El jardín de los derechos”
En un pequeño pueblo rodeado de montañas, había un jardín mágico donde cada flor representaba un derecho de los niños.
Las flores no eran flores comunes: hablaban, reían y cambiaban de color según el ánimo de los niños que las visitaban.
Un día, Lucía, una niña curiosa de ocho años, fue al jardín con su perro Tico. Al llegar, notó que algunas flores estaban marchitas y tristes.
—¿Qué os pasa? —preguntó preocupada.
Una flor azul, llamada Esperanza, le respondió con voz suave:
—Algunos niños del pueblo han olvidado que todos tenemos derechos… y cuando eso pasa, nos vamos apagando.
Lucía se sentó junto a ellas y dijo:
—¿Podríais contarme cuáles son esos derechos? ¡Quiero ayudaros a florecer otra vez!
Entonces, una a una, las flores comenzaron a brillar y a hablar:
Flor del Juego: “Yo florezco cuando los niños pueden jugar y divertirse. ¡El juego también es un derecho!”
Flor del Amor: “Yo crezco cuando los niños reciben cariño, cuidados y una familia que los proteja.”
Flor del Aprendizaje: “Mi color se vuelve más brillante cuando los niños van a la escuela y aprenden cosas nuevas cada día.”
Flor de la Voz: “Yo vivo cuando los niños son escuchados, cuando su opinión cuenta y se respeta.”
Flor de la Igualdad: “Yo florezco cuando todos los niños son tratados con justicia, sin importar su color, su país o su forma de ser.”
Lucía escuchó atenta y luego pensó:
—Entonces, para que el jardín vuelva a brillar, todos los niños del pueblo deben recordar estos derechos.
Así que, al día siguiente, Lucía y Tico organizaron una gran fiesta del jardín. Invitó a todos los niños y niñas, y juntos colocaron carteles de colores que decían:
“TODOS LOS NIÑOS TIENEN DERECHO A JUGAR, APRENDER, SER AMADOS Y ESCUCHADOS.”
Las risas llenaron el aire, los niños jugaron, dibujaron y contaron sus sueños.
Y poco a poco, el jardín volvió a florecer con mil colores.
Esa noche, las flores susurraron al viento:
—Gracias, Lucía. Mientras haya niños que recuerden sus derechos, este jardín nunca dejará de brillar.
