No se puede amar lo que no se conoce

Este año 2025 estamos celebrando los 600 años de la llegada de los primeros gitanos a España.
Hoy, en recuerdo agradecido de esos 600 años, leeremos una historia: «No se puede amar lo que no se conoce».

Con estas palabras, la joven Manuela recibe en su cumpleaños un precioso y misterioso joyero, regalo de su abuela, que únicamente se abre al formular la pregunta correcta. “¿Cuántos años tengo?, ¿qué hay dentro de la caja?, ¿quién soy?”.

En su interior, Manuela encuentra prendas de ropa y varios objetos: una falda, un clavo, un anillo de oro, una cachava y una pluma estilográfica. Estos objetos, aparentemente inconexos y extraños, llevarán a la curiosa y valiente niña a vivir una verdadera aventura: la de su propia historia, que es en realidad la historia de todos los gitanos y gitanas que durante 600 años han ido tejiendo los coloridos y brillantes hilos de su trayectoria: identidad, valores y cultura que, a su vez, se entrelazan con los que forjan el diverso mosaico de la historia y cultura de España. El precioso joyero que recibe de su abuela es el legado de quienes le precedieron, y cuyas vidas nutrieron una cultura que Manuela conocerá, amará y abrazará como propia.

La caja de Manuela

Una enorme tarta adornada con crema de chocolate y fresas presidía la mesa. Manuela la miraba con admiración mientras ayudaba a su madre a colocar las bandejas con bocadillos. Estaba tan nerviosa que no podía permanecer quieta. El salón estaba precioso. Los globos de colores y las brillantes guirnaldas anunciaban el ambiente festivo. No veía el momento en que sus compañeros de clase llegaran a su casa. Regañó varias veces a sus hermanos pequeños, que, impacientes, asomaban sus dedos por debajo de la mesa para intentar atrapar alguna golosina. Los había citado a las cinco, pero eran las seis y ninguno había llamado al timbre de su puerta.
—Es tarde —asumió con tristeza—. Y no ha venido nadie. Ninguno de mis compañeros.
Sus padres se miraban preocupados. Se temían lo peor. La tristeza de su hija aumentaba por momentos. La niña tenía la mirada perdida, fija sobre los dulces y aperitivos que habían preparado con tanto esmero. Dos horas después, Manuela se dio por vencida. Entró en su habitación cabizbaja. Se miró al espejo y observó con atención sus ojos negros enrojecidos por el llanto. Su piel morena brillaba al reflejar los rayos de luz que entraban por su ventana. La pena que sentía se hizo un nudo en su pecho. Se sentó en la cama y comenzó a llorar en silencio.
—Es porque soy gitana, mama —susurró, abrazándose a su madre.
—Manuela, no es tu culpa. Eres nueva en el colegio. A veces cuesta un poco hacer amigos.
—Mama, nadie quiere ir a casa de unos gitanos. Me lo dijo una niña en el recreo.
Las manos de su madre se posaron con suavidad en sus mejillas. A través del espejo buscó la mirada de su marido, que las escuchaba fuera de la habitación. Él entendió que había llegado el momento. Tenían que dárselo ya.
—Entiendo que estés triste, pero no te puedes rendir —le dijo—. Lo que te ha pasado hoy, aunque ahora sientas que es algo triste, que te duele, se va a convertir en algo bonito que no olvidarás nunca.
—No hay nada bonito en que nadie te quiera, mama.
—Somos muchos los que te queremos. Tu familia es muy grande.
—¿Y por qué mis compañeros no me quieren?
—Sé que te va a costar un poco entender esto, pero no se puede amar lo que no se conoce.
—Pues me gustaría que me conociesen. Que supiesen qué es ser gitana. Pero ¿cómo?
—Para eso estamos nosotros, tu familia. No estás sola, Manuela. Vamos a ayudarte. Y vamos a empezar por un regalo muy especial. Un regalo que te dejó tu abuela antes de marcharse.
—¿Mi abuela dejó un regalo para mí?
—Y no es un regalo cualquiera. Está en su cuarto.
Manuela se levantó de un salto y corrió hacia la habitación que había pertenecido a su abuela. Empujó la puerta despacio. Estaba nerviosa por ver su regalo, pero no podía evitar sentir nostalgia al encontrarse con sus recuerdos. Su abuela había sido maestra y aquel era el cuarto donde solía leer, donde se sentaba a preparar sus clases. La echaba mucho de menos. Se sorprendió cuando vio que, en medio de la habitación, sobre la mesa, había una caja enorme. Manuela no sabía que en ella encontraría mucho más que respuestas.

La persiana estaba a medio bajar. La luz tibia caía en vertical sobre la caja de madera, dándole un aspecto mágico. Despacio, como si entrara en otro mundo, se acercó a ella. La puerta se cerró a su espalda. Ni su padre ni su madre ni sus hermanos habían entrado con ella. Estaba sola frente a la caja. Era un joyero de grandes dimensiones. Y tenía una cerradura. Manuela contuvo el aliento. Puso las manos sobre él y un escalofrío le recorrió el cuerpo. Le dio la sensación de que su abuela estaba allí con ella. Casi podía oírla susurrar:
– «Adelante, adelante».
La abuela Manuela había sido una mujer valiente, como también lo era ella. Se sorbió los mocos y se restregó los ojos. Ilusionada, trató de abrir aquel enorme joyero, pero estaba cerrado con llave. Entonces, allí, junto al cofre, lo vio. Era un sobre con su nombre:
«Manuela».
Lo abrió impaciente. Leyó:
– «La caja de las respuestas. Una pregunta la abre. Una pregunta la cierra».
La niña se mordió el labio. ¿Una pregunta? ¿Y cuál sería? Estuvo pensando un rato. Probó con algunas:
– «¿Qué hay dentro de la caja?», «¿Cuántos años cumplo?», «¿Por qué no ha venido nadie a mi cumpleaños?».
Pero la cerradura seguía inmóvil. Miró a su alrededor, a ver si se le ocurría algo. Vio su imagen fugaz en el espejo de la abuela. Apenas una sombra en la que no se podía saber quién era esa niña delgada y despeinada. ¡Eso era! Se agachó y le dijo en un susurro a la cerradura de la caja:
—¿Quién soy?
Una luz centelleó en la cerradura y el joyero se abrió con un leve tintineo. Despacio, levantó la tapa. Su rostro se iluminó con el resplandor de su interior. Dentro había una prenda de ropa y varios objetos. Cogió uno al azar: un clavo. Lo dejó y tomó otro: un anillo de oro. ¿Qué significaba todo aquello? Desplegó de nuevo la hoja del sobre y le dio la vuelta buscando alguna instrucción. Puso el papel contra la ventana y allí estaban: letras invisibles que aparecían al trasluz. Cada objeto con su dueño, cada pieza en este sueño la memoria te traerá y la respuesta tendrás…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.