Necesitamos estar todos

Todos estamos invitados al banquete de Dios. Todo el mundo.
Y nos jugamos mucho si vamos a la fiesta de Dios con prejuicios y dejando de lado a nuestros hermanos.
Cuidado con considerar a alguna persona indigna de asistir a esta fiesta, cuidado con actuar de jueces y fiscales.
En la fiesta de Dios solo se pide llevar un corazón esponjado, abierto, acogedor, suave y enternecido.
Prepárate, no sea que te llegue la invitación y no estés listo.

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir» (Mt 22,2)

 

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